2022-03-01
Flores en la Embajada de Ucrania en Minsk. Foto: motolko.help

El escritor belaruso Andrei Zhvaleuski, que aún vive en Belarús, escribió un artículo sobre la situación de los belarusos y sobre cómo se sienten durante la agresión militar de Rusia contra Ucrania desde el territorio de su país. Ve a los ucranianos, los residentes del mundo democrático y los propios belarusos como los destinatarios de su declaración. Publicamos el artículo en forma abreviada.

Ahora, cuando todo el mundo está atento a la agresión militar de Rusia contra Ucrania desde el territorio de Belarús, se nombra a los belarusos con las palabras «cómplices de la agresión». Además, estas afirmaciones se expresan no solo contra Lukashenka y sus subordinados, sino en general: todos los belarusos tienen la culpa de no luchar del lado de Ucrania.

Ucrania necesita ayuda concreta. A ellos sólo puedo decirles: «Lo estamos intentando». No solo salimos a protestar, lo cual no había sucedido en más de un año. No solo nos meten en la cárcel, con 800 personas detenidas, que en proporción a la población de Ucrania serían 3500. Nuestros partisanos no están haciendo el vago. Hasta ahora, esto es una gota en el océano, pero… Y aquí me veo de nuevo con la tentación de poner excusas. No voy a hacerlo. Ucrania no tiene tiempo para excusas. Solo les pido que nos crean: estamos haciendo lo que podemos. Sí, poco podemos hacer, pero no es culpa nuestra, es nuestra desgracia.

Pero el porqué de esta desgracia debe explicarse a otro grupo de lectores: aquellos que crecieron en una democracia real. O aquellos que están tan acostumbrados a una que sinceramente no lo entienden: «¿Por qué no cambiáis a Lukashenka por otro?»

Una vez, un amigo emigrante en los Estados Unidos me contó cómo los estudiantes estadounidenses estudian las represiones estalinistas. «¡Qué absurdo!», se indignan. «¿Cómo pudieron permitirlo? ¿Por qué se iban a los campos de concentración? Si a mí me enviaran a un campo de concentración, ¡no iría por nada del mundo!». (Por si acaso, no estoy bromeando, es una cita textual). Vuestra indignación suena igual para los belarusos. Siempre pensáis que exageramos cuando hablamos de los campo de concentración.

Pues no.

Recordad siempre, queridos demócratas, que vivo en un país donde, para 9,5 millones de personas… Hay más de mil presos políticos. En Alemania, con el mismo nivel de represión, habría casi nueve mil presos políticos. En los EE. UU., habría 34 mil. Tratad de recordar que Belarús es un país en el que no existe ninguna ley. El Fiscal General se jactó en su informe de Año Nuevo de que 1600 personas fueron condenadas en casos «políticos» en 2021, y ni un solo juicio terminó en absolución.

(¿Por qué digo «más de mil» presos políticos, y el fiscal, «unos 1600»? Nuestros activistas de derechos humanos, algunos de los cuales también están entre rejas, son muy escrupulosos cuando declaran a una persona preso político. Para mí, son demasiado escrupulosos). En una palabra, queridas personas mimadas por la democracia, cada vez que dicen: «¿Por qué los belarusos…?», nosotros escuchamos: «Yo no iría a un campo de concentración».

Y ahora pasemos al grupo de lectores que reaccionan ante la «culpa colectiva de los belarusos» de la forma más violenta. Sí, estoy hablando de nosotros, los belarusos. Los enemigos ya han entendido que la «culpa colectiva» se puede utilizar para abrir una brecha entre ucranianos y belarusos. Entre los comentarios reales aparecen cada vez más bots que apuntan a la misma idea: los belarusos traicionaron a Ucrania, los belarusos son agresores, los belarusos son unos bastardos. Es fácil distinguir un bot: generalmente tiene una cuenta vacía y solo otros bots como amigos. Si bien merece la pena disculparse ante los verdaderos ucranianos y prometerles que empezaremos a hacer algo, la conversación con los bots es breve: denuncia y lista negra.

Lo más importante, ¿de qué tenemos la culpa? Este es de hecho un tema importante. Hay un sentimiento de culpa, lo sentimos. Pero cuando se nos acusa de no enfrentarnos a la policía antidisturbios con las manos vacías, nos sentimos algo perdidos. Esto causa sorpresa, no resentimiento. Es decir, no tenemos la culpa de esto.

¿De qué, entonces?

Lo confieso, pasé mucho tiempo haciendo introspección. Recordé diferentes períodos de la historia de Bielorrusia y observé que estaba tratando de saltarme, en qué partes no quería detenerme. Para mí, mediados de la década de 1990 se convirtió en un punto extremadamente desagradable. Fue entonces cuando Lukashenka ganó las elecciones por primera vez y luego destruyó todas las instituciones democráticas, subordinó todas las ramas del poder a su persona y comenzó a construir un estado policial.

Yo, como la gran mayoría de los belarusos, solo protestaba de boquilla. Contaba chistes. Al principio, traté de votar en contra en todo tipo de referéndums, luego dejé de acudir a las urnas por completo. Me reía de la oposición. En general, miraba con indiferencia cómo se construía a mi alrededor una cerca y torres de ametralladoras.

Esta es mi verdadera culpa. Creo que mis compañeros y las personas mayores también entienden esto en su interior, pero tienen miedo de admitirlo. O no tienen miedo. Da igual. Lo importante es que el pasado no se puede cambiar. Pero se pueden aprender lecciones para el futuro, aunque es demasiado pronto para hablar de esto. Ahora nuestra misión es diferente: derrotar a la dictadura. Vencer al enorme aparato represivo, que ahora incluye no solo a la policía, la KGB y otros cuerpos punitivos, sino también a aquellos que teóricamente deberían protegernos contra la arbitrariedad legal: la fiscalía, las cortes, incluso el colegio de abogados. Y esto es a pesar de la ausencia total de cualquier organización pública en absoluto.

Pero esto no significa que el problema no se pueda resolver. Todo se puede solucionar si empezamos a solucionarlo. Y si seguimos llorando y peleándonos entre nosotros, entonces se nos irán en ello todas nuestras fuerzas. Intentad hacer algo. Ahora mismo.

¡Gloria a Ucrania!

¡Viva Belarús!